CUBANOS

La doctora cubana que combate el dengue y logró un premio histórico

Hay trayectorias científicas que se miden por los premios. Otras, por el impacto real que dejan en la vida de la gente. En el caso de María Guadalupe Guzmán Tirado, ambas cosas van de la mano.

Su nombre ocupa un lugar central cuando se habla de una médica cubana volcada en la lucha contra el dengue por su trabajo que lleva décadas.

Nacida en La Habana el 19 de enero de 1952, Guzmán Tirado ha construido una carrera sólida como médica, viróloga e investigadora.

Su historia profesional está unida al Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí, el IPK, una institución clave en el estudio de enfermedades infecciosas en la isla.

Desde allí ha participado en investigaciones sobre dengue, zika, otros arbovirus y, más recientemente, también en temas ligados a la vigilancia de nuevos patógenos.

Toda su carrera se ha desarrollado en Cuba, dentro de centros científicos nacionales, en un entorno donde investigar exige constancia, creatividad y una enorme capacidad de sostener proyectos a largo plazo.

Por eso, su recorrido tiene un valor especial. No responde a una trayectoria pasajera ni a una notoriedad reciente. Es el resultado de muchos años de trabajo continuo, de laboratorio, de docencia y de coordinación científica.

Una carrera que creció con los retos de la virología cubana

Se graduó en Medicina en 1975 y más tarde se especializó en Microbiología y Virología en el CENIC. En 1980, se incorporó al IPK, un paso que acabaría definiendo su vida profesional.

Poco después asumió responsabilidades dentro del área de arbovirus, una línea esencial para cualquier país tropical que deba enfrentarse con frecuencia a enfermedades transmitidas por mosquitos.

Con solo 29 años ya estaba al frente del Laboratorio de Arbovirus. Después, dirigió durante años el Departamento de Virología y más tarde pasó a encabezar el Centro de Investigación, Diagnóstico y Referencia.

También, ha presidido el consejo científico del instituto y colaboró en abrir líneas de trabajo y sostener estructuras científicas con impacto directo en la vigilancia epidemiológica.

Buena parte de su carrera se ha movido entre dos espacios que en Cuba suelen tocarse de forma muy clara: el laboratorio y la salud pública.

El dengue como línea de trabajo y compromiso de vida

La epidemia de dengue hemorrágico de 1981 marcó a Cuba de una forma profunda. También marcó a una generación de especialistas que entendieron desde dentro la gravedad del problema.

María Guadalupe Guzmán Tirado concentró buena parte de su trabajo en estudiar mejor la enfermedad, su comportamiento clínico, los factores de riesgo, las formas graves y los métodos más eficaces para detectarla y vigilarla.

Esa dedicación sostenida es una de las razones por las que hoy se la considera una referencia en virología médica.

Su trabajo ayudó a comprender cómo evolucionan ciertos brotes, por qué algunos casos derivan en formas hemorrágicas y qué papel cumple el diagnóstico temprano en la respuesta sanitaria.

En un escenario donde la velocidad de detección puede cambiar el rumbo de una epidemia, esa contribución tiene un valor enorme.

A lo largo de los años, además, amplió su campo de trabajo a otros virus de interés sanitario como el zika, el SARS-CoV-2 y el Oropouche.

Eso confirma que su perfil va mucho más allá de una sola línea temática. Se trata de una especialista con experiencia en enfermedades emergentes y reemergentes, con una mirada amplia sobre la vigilancia virológica en Cuba y en la región.

Prestigio científico con alcance internacional

El reconocimiento más visible de su carrera llegó en 2022, cuando recibió el Premio Internacional L’Oréal-UNESCO For Women in Science.

Fue distinguida como laureada por América Latina y el Caribe en el área de enfermedades infecciosas, gracias a su trabajo pionero para mejorar la comprensión, la prevención, el diagnóstico y el seguimiento del dengue.

Ese reconocimiento la colocó entre cinco científicas galardonadas a nivel mundial, una por cada gran región del planeta, y la convirtió en la primera investigadora del Caribe en recibir esa distinción dentro del programa.

También, supuso una validación internacional a una obra científica desarrollada íntegramente desde Cuba, algo especialmente significativo en un campo donde los centros con más recursos suelen concentrar la mayor visibilidad.

Sus propias palabras ayudan a entender la dimensión del logro: «Es un orgullo representar a Cuba, la región del Caribe y América Latina en un evento tan importante para la ciencia y en especial para las mujeres que nos dedicamos a la investigación».

El premio reconocía a una investigadora concreta, sí, pero al mismo tiempo ponía el foco sobre la ciencia hecha en Cuba y sobre la presencia femenina en espacios de alta exigencia académica.

A esa distinción se sumó en 2025 el título honorífico de Héroe del Trabajo de la República de Cuba. La Academia de Ciencias de Cuba, además, la ha reconocido como Académica de Mérito y la sitúa entre las figuras más influyentes de la virología nacional.

Son premios importantes, aunque en su caso funcionan casi como una consecuencia lógica de una trayectoria muy larga, sostenida y visible.

Más que publicaciones, una escuela científica

Hablar de su carrera solo en términos de premios sería quedarse corto. También impresiona la magnitud de su producción científica.

Distintas fuentes institucionales le atribuyen más de 300 artículos, varias patentes, capítulos de libros y la dirección de más de 70 proyectos nacionales e internacionales.

A eso se suma su papel como docente y tutora de numerosas tesis, además de la impartición de cursos y entrenamientos para profesionales de la salud.

Su trayectoria muestra una combinación poco común: capacidad para producir conocimiento, para aplicarlo a problemas concretos y para formar a otros dentro del mismo proceso. Ese equilibrio ayuda a explicar por qué su nombre genera tanto respeto dentro y fuera del país.

Una voz que sigue presente en la ciencia actual

La doctora sigue activa. Durante la pandemia participó en acciones relacionadas con el diagnóstico molecular y la vigilancia del SARS-CoV-2 en Cuba.

Más adelante, en 2025, fue incorporada al grupo asesor científico de la OMS sobre el origen de nuevo s patógenos. Ese mismo año intervino como ponente en un webinar del ECDC sobre la emergencia del virus Oropouche en Cuba.

Su recorrido tiene un valor científico indiscutible, pero también encierra una dimensión humana y simbólica.

Refleja el lugar que muchas mujeres han ido ganando en la investigación biomédica, no como excepción, sino como parte fundamental del trabajo científico.

Su trabajo ayudó a entender mejor epidemias complejas, reforzó la vigilancia virológica en Cuba y llevó la experiencia científica de la isla a escenarios internacionales de primer nivel.

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