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Eduardo J. Chibás Guerra: el ingeniero cubano considerado un genio de su época

Eduardo Chibás Guerra fue un ingeniero conocido como “el Da Vinci cubano”. Aunque sus obras siguen funcionando en Cuba más de un siglo después de haberlas construido, hoy casi nadie recuerda quién fue.

Su hijo, el político Eduardo Chibás Ribas, conocido en la historia como Eddy Chibás, acaparó toda la fama del apellido. Mientras tanto, el padre, que fue ingeniero, inventor, urbanista, emprendedor y testigo de primera fila de momentos decisivos de la historia cubana, quedó enterrado en el silencio más completo.

Un santiaguero con honores en Michigan

Eduardo Justo Chibás Guerra nació en Santiago de Cuba el 24 de febrero de 1869. Cursó el bachillerato en su ciudad natal y luego cruzó el Atlántico en la dirección que pocos cubanos de su época podían permitirse: hacia los Estados Unidos, a estudiar ingeniería civil en la Universidad de Troy, Michigan.

Se graduó con los más altos honores. Ese reconocimiento académico tuvo una consecuencia inusual para un estudiante extranjero: la propia universidad lo designó como su representante en la Exposición Universal de París. Un cubano de Santiago representando a una institución estadounidense en Francia, antes de cumplir los treinta años.

En 1892 la Institución Carnegie lo comisionó para inspeccionar las minas de manganeso al este de Santiago de Cuba y otras similares en Panamá. Más tarde fue nombrado Superintendente General de la Caribbean Manganese Co. y se incorporó a cuerpos de ingenieros estadounidenses con los que realizó expediciones de exploración por los yacimientos minerales de los Andes, las minas de oro del Darién y el Orinoco venezolano.

En los días en que Cuba se decidía

La historia de Eduardo Chibás Guerra no se puede entender sin la historia de Cuba en 1898. Cuando estalló la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana, él estaba ahí. Y no de forma marginal.

Por su condición de intérprete y ayudante de campo del general William Ludlow, ingeniero jefe de las tropas aliadas, acompañó a ese oficial tras el desembarco por Daiquirí hasta el campamento mambí de Aserradero. Fue parte del grupo que presenció la famosa entrevista entre el alto mando estadounidense y el general Calixto García para coordinar la toma de Santiago de Cuba.

Durante esas semanas, Chibás tenía un encargo que define perfectamente su perfil: elaborar el plano de los alrededores de Santiago e indicar las posiciones de las fuerzas contendientes. Cada dos días debía presentar al general William Shafter, comandante en jefe del ejército americano, un parte actualizado con la disposición de los regimientos y las opciones ofensivas previstas. Esos informes fueron directamente relevantes en la planificación de las batallas de El Caney y la Loma de San Juan, libradas el 1 de julio de 1898.

Años después, reflexionando sobre el acto de rendición de Santiago, Chibás escribió en la revista Bohemia del 6 de marzo de 1938 una defensa de la fraternidad entre cubanos y norteamericanos que ningún otro testigo de aquel episodio podía hacer con la misma autoridad: había estado presente, había visto, había participado.

La luz que no existía en Santiago

Terminada la guerra, el nombre de Chibás empezó a aparecer ligado a obras concretas. En Guantánamo, aprovechando un salto de 20 metros de caída en el río Guaso, propuso en 1900 establecer una planta hidroeléctrica para transmitir corriente al municipio. Presentó los planos para el alcantarillado, pavimentación y embellecimiento urbano de Guantánamo, incluyendo el parque Martí, hacia junio de 1903.

Pero fue en Santiago de Cuba donde desplegó su mayor ejecutoria. Encabezando el comité ejecutivo de la Compañía de Alumbrado y Tracción, una sociedad anónima constituida con un capital de millón y medio de pesos, Chibás se convirtió en el motor de la empresa que prometió dar luz eléctrica a la ciudad.

El 22 de enero de 1908 se encendieron los focos del nuevo alumbrado. Santiago de Cuba llevaba décadas sumida en una oscuridad que limitaba la vida nocturna al espacio doméstico.

Con la llegada de la electricidad, la gente salió a la calle. Las familias pasearon por las arterias iluminadas de Enramadas y la Alameda. Los periódicos locales, como La Independencia y La República, registraron la novedad con columnas jubilosas. El propio Chibás, que vivía en la calle Aguilera entre San Félix y San Pedro, pudo llevar a pasear a sus hijos Eduardo y Raúl por una ciudad que de noche ya no era la misma.

El tranvía que llegó dos semanas después

No se detuvo ahí. Chibás proyectó el tranvía eléctrico de Santiago a imagen del sistema de Kingston, en Jamaica, adonde viajó a mediados de marzo de 1903 para estudiar las instalaciones. Introdujo sus propias innovaciones, adaptadas a la topografía empinada y las calles estrechas de Santiago.

Dos semanas después del alumbrado, la ciudad volvió a celebrar. El arzobispo Barnada roció con agua bendita a la docena de carros y a los raíles por donde viajarían a intervalos de cinco minutos. El Ayuntamiento lo declaró día histórico. La Banda Municipal tocó pasodobles. Santiago de Cuba, en pocas semanas, había pasado de la oscuridad al alumbrado eléctrico y del transporte animal a los vagones sobre rieles.

El hombre que salvó a Santiago de la sed

Enero de 1911 encontró a Santiago con los embalses y ríos secos tras una sequía devastadora. La crisis paralizó la planta eléctrica, los tranvías y las fábricas. Seis mil personas salieron a las calles a exigir soluciones. Los trenes llegaban desde Guantánamo con tanques de agua y la población hacía fila con latas vacías en la estación del ferrocarril.

Chibás propuso perforar pozos tubulares profundos en el valle de San Juan. Muchos se opusieron y lo tildaron de falso o loco. Obtuvo el permiso y mandó excavar día y noche hasta completar veinte pozos. En apenas dos semanas, inyectaban a Santiago más de un millón de galones diarios de agua subterránea.

El llamado Acueducto de San Juan nació de urgencia, a un costo de 15 mil pesos, mientras en el Senado se discutían dos millones para otra solución. Ese acueducto sigue dando de beber a la ciudad más de un siglo después.

Empresario, urbanista y visionario

El Eduardo Chibás Guerra, conocido como “el Da Vinci cubano” no era solo un técnico. Fundó y dirigió la Santiago Brewing Company, inaugurada en noviembre de 1912 con embotellado mecanizado, una moderna fábrica de hielo y capacidad para producir 70 mil barriles anuales bajo las marcas Sol Ámbar y Hatuey. La compañía fue adquirida más tarde por la casa Bacardí.

También presidió la Compañía de Urbanización y Ensanche de Santiago y Caney, que derivó en la construcción del reparto Vista Alegre. Y levantó en La Habana el Edificio Chibás en la Avenida de los Presidentes, catalogado en su época como uno de los más bellos del país por su construcción sólida, sus fachadas artísticas y la aplicación de los últimos adelantos tecnológicos.

En marzo de 1926 presentó al ministro de Obras Públicas una memoria con la tesis de que el turismo por carreteras podía ser la industria más grande de Cuba. Un argumento que, en 1926, era visionario.

El exilio y la política que nunca fue suya

La década de 1920 lo encontró en La Habana. Las actividades revolucionarias de sus hijos contra la dictadura de Machado convirtieron su casona de 17 y H en El Vedado en un centro de conspiración. A mediados de 1932 fue detenido, llevado al Castillo del Príncipe y luego al Presidio Modelo en Isla de Pinos, donde ya estaba su hijo mayor.

Fue juzgado en consejo de guerra junto a Eddy y Carlos Prío. Salió absuelto. Se exilió en Estados Unidos, donde fundó junto a Fernando Ortiz y otros el Cuban American Friendship Council para informar a la opinión pública estadounidense sobre la situación en Cuba. En agosto de 1933, cuando Machado huyó, le ofrecieron la Secretaría de Obras Públicas en el gabinete de Carlos Manuel de Céspedes. Aceptó, pero el cargo duró semanas. El golpe del 4 de septiembre cambió todo.

Una tumba sin epitafio conocido

Eduardo Justo Chibás Guerra murió el 26 de agosto de 1941, a los 72 años, del corazón, según consta en su tumba familiar en la Necrópolis de Colón en La Habana.

Su hijo lo describió en la revista Bohemia con palabras que merecen ser leídas: “No fue un justiciero, sino un justo. Más que una insignia de honradez en una época de corruptela, más todavía que un símbolo magnífico de probidad, fue un modelo de ciudadano”.

No hay biografías sobre él. No hay estatuas. No hay calles con su nombre en Santiago de Cuba, la ciudad a la que le dio luz, agua y transporte. Solo la mustia jardinera sobre la tumba familiar y las obras que siguen funcionando.

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