CUBANOS

Maykel Blanco: la salsa como refugio y resistencia en la Cuba de hoy

Para el músico cubano Maykel Blanco hacer salsa en Cuba es una combinación entre tenacidad, arte y resistencia. En 2026, cuando Cuba vive apagones, escasez y dificultades para moverse de un barrio a otro, el director de la orquesta «Salsa Mayor» decidió que, precisamente ahora, era más necesario que nunca hacer buena música.

Bailar cuando todo falla: una forma de no rendirse

Hay algo que Blanco observó durante los tres días del Festival de la Salsa que no aparece en ningún balance de asistencia. El público que llegó a la Estación Cultural de Línea y 18 no llegó cómodamente. Llegó haciendo un esfuerzo real. Caminó. Esperó. Resolvió. Lo que en otro contexto sería simplemente ir a un concierto, en La Habana de hoy es una pequeña victoria cotidiana.

Y sin embargo llegaron. Los tres días. Cantando, coreando, compartiendo con los artistas. Blanco lo vio desde el escenario y lo entendió de inmediato: la gente no vino a olvidarse de la crisis. Vino a recordarse que hay algo más que la crisis. Esa distinción importa. No es escapismo. Es una forma activa de sostenerse.

Un festival que nadie le regaló a nadie

El contexto no facilitó nada. La Feria Internacional del Libro fue aplazada. El Festival del Habano también. En ese paisaje de eventos cancelados, el Festival de la Salsa siguió en pie. La razón tiene una base muy concreta: el festival se paga a sí mismo.

Maykel Blanco construyó desde la primera edición un modelo de autofinanciamiento. Las entradas, los patrocinadores y una planificación que contemplaba reservas para imprevistos permitieron presentar un expediente sólido ante las autoridades. El argumento central era simple: este evento no le cuesta nada al Estado. Y ese argumento fue suficiente.

Pero detrás de ese argumento hay años de trabajo que van más allá de la música. Blanco aprendió a hablar con patrocinadores, a calcular presupuestos, a tener conversaciones con colegas músicos sobre lógicas empresariales que no siempre encajan naturalmente con la forma en que los artistas ven su propio trabajo. Ese proceso no fue cómodo. Pero fue el que hizo posible que Maykel Blanco lograra sacara a flote el proyecyo.

El público como razón y como resultado

Una de las decisiones más reveladoras del festival fue cambiar la sede a un espacio más pequeño. La crisis de transporte llevó a los organizadores a calcular que la asistencia sería menor que en ediciones anteriores. Más de seis mil personas por día acudieron a bailar al ritmo de la música cubana.

Y es que la salsa cubana tiene esa capacidad. No solo como género musical. Como experiencia colectiva. Como idioma compartido entre personas que crecieron escuchando las mismas canciones y que en el medio de un verano difícil encuentran en un escenario algo que les pertenece.

La música urbana no es el enemigo

Blanco no habla de los géneros en tendencia con desconfianza. Los observa. Los estudia. Entiende que las nuevas generaciones conviven con varios universos musicales al mismo tiempo y que eso no es una amenaza para la salsa. Es simplemente la realidad.

Su posición es la de un músico que confía en lo que tiene. La música cubana, dice, tiene raíces demasiado profundas para ser desplazada por ninguna tendencia. Puede absorber influencias. Puede actualizarse. Y puede competir. Lo que no puede es quedarse quieta esperando que el mundo la encuentre sin salir a buscarlo.

Esa lógica explica también por qué el festival existe. No basta con tener buena música. Hay que crear el espacio donde esa música pueda ocurrir y donde el público pueda encontrarla.

Lo que le falta a la industria musical cubana

Hay un pendiente que Blanco señala con claridad cuando habla del futuro de la música cubana. Cuba no tiene premios que reconozcan al compositor del año, al arreglista más destacado o al artista más popular del circuito de música bailable. El festival Cubadisco existe, pero premian producciones discográficas, no personas ni trayectorias.

Esa ausencia no es un detalle menor. En industrias musicales consolidadas, los premios son brújulas. Orientan al público, visibilizan a los creadores y generan conversación alrededor de lo que se está haciendo bien. Para ello, el festival intentó incorporar sus propios premios en alguna edición.  Sin embargo, no funcionó. Blanco reconoce que el momento no estaba maduro. Pero también dice que ese momento tiene que llegar.

Diez ediciones y no parar

Hay una frase con la que Blanco resume su forma de ver el trabajo: con obstáculos o sin obstáculos, no se puede parar. No es un eslogan. Es la descripción de lo que acaba de hacer en esta nueva edición.

Hizo su festival número diez en el año más difícil. Con menos recursos de los habituales. Sin artistas internacionales. Con una ciudad que no siempre puede moverse. Y con seis mil personas que decidieron que valía el esfuerzo de llegar. Eso es lo que la salsa hace en la Cuba hoy. No resuelve el apagón. No llena el refrigerador. Pero le devuelve a la gente algo que la crisis no puede quitarle completamente: el gusto de compartir algo propio, en un escenario, con otros que sienten lo mismo.

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