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El samurái que pisó Cuba en 1614: la historia de Hasekura Tsunenaga en La Habana

El 23 de julio de 1614, una embajada japonesa entró en el puerto de La Habana. A bordo venía Hasekura Tsunenaga samurái Cuba La Habana, un guerrero del Japón feudal que nunca imaginó que cuatro siglos después su nombre estaría grabado en una estatua de bronce frente al mar en la capital de Cuba.

Fue el primer japonés del que existe registro histórico en pisar suelo cubano. Y llegó de paso, en el trayecto más largo e improbable que un samurái podía emprender en el siglo XVII.

Un guerrero al servicio de dos señores

Hasekura Tsunenaga nació en 1571 en el Japón feudal. Poco se sabe de sus primeros años. Lo que los documentos confirman es que se formó como samurái desde joven y que participó en las invasiones japonesas a Corea entre 1592 y 1597, campañas militares que lo curtieron tanto en el combate como en la navegación.

Sirvió al daimyo Date Masamune, señor feudal del dominio de Sendai, en el noreste de la isla de Honshu. Esa lealtad fue la que lo llevó hasta el otro lado del mundo. Masamune tenía ambiciones comerciales y diplomáticas que el Japón de principios del siglo XVII no podía satisfacer sin establecer contactos con las potencias europeas. Necesitaba un embajador de confianza. Eligió a Hasekura.

La misión más larga de la historia samurái

En octubre de 1613, Hasekura Tsunenaga abandonó la bahía de Tsukinoura, en Japón, al frente de una expedición que pasaría a la historia con el nombre de Embajada Keichō. El objetivo era doble: establecer relaciones comerciales con España y obtener una audiencia con el Papa en Roma.

La expedición estaba codirigida por el fraile franciscano Luis Sotelo, que conocía el camino y tenía contactos en la corte española. La misión contaba con alrededor de ciento cincuenta japoneses, entre ellos miembros del séquito de honor de Hasekura y japoneses que ya se habían convertido al catolicismo.

El recorrido fue extraordinario. Cruzaron el Pacífico hasta las costas de la Nueva España. Llegaron a Acapulco el 25 de enero de 1614. Atravesaron México por tierra siguiendo el llamado Camino de los Virreyes, pasando por Puebla de los Ángeles hasta llegar a Veracruz. El 10 de julio de 1614 embarcaron en el galeón San Jusephe, en el puerto de San Juan de Ulúa, rumbo al Caribe.

Julio de 1614: La Habana recibe a un samurái

Trece días después de zarpar de Veracruz, la expedición entró en el puerto de La Habana. Era el 23 de julio de 1614. La villa de San Cristóbal de La Habana no era todavía la ciudad que sería décadas después. Era poco más que un centenar de casas, un puerto estratégico en la ruta de los galeones que cruzaban el Atlántico cargados de plata y mercancías entre América y España.

La embajada fue recibida con todos los honores que correspondían a una misión diplomática de esa envergadura. El gobernador de La Habana y el obispo de la ciudad salieron a recibirlos. La espera tenía un propósito logístico concreto: en La Habana debían aguardar la llegada de los galeones del general Lope de Armendáriz, con cuya conserva navegarían hacia España para completar la travesía atlántica de forma segura.

Hasekura y su séquito permanecieron en La Habana del 23 de julio al 7 de agosto de 1614. Quince días en los que un guerrero japonés del siglo XVII convivió con la realidad colonial de una villa caribeña que probablemente no se parecía en nada a todo lo que había visto antes.

La ruta hacia Europa y el bautismo en Sevilla

El 7 de agosto, la expedición partió de La Habana con destino a España. En Sanlúcar de Barrameda, la comitiva desembarcó el 5 de octubre de 1614. El duque de Medina Sidonia los recibió con el protocolo que correspondía a una embajada venida desde el otro extremo del mundo.

En Sevilla, Hasekura Tsunenaga fue bautizado con el nombre de Felipe Francisco de Fachicura. Eligió esos nombres en honor a Felipe III de España, que lo recibió en audiencia en Madrid, y a Francisco de Asís, santo de la orden religiosa que había acompañado la expedición. Fue un gesto político tanto como personal.

La comitiva se desplazó después a Roma, donde el Papa Paulo V recibió a Hasekura en audiencia formal. La misión había cumplido su objetivo diplomático. Pero los resultados prácticos no llegaron. España y el Vaticano mostraron cortesía, pero no compromisos comerciales concretos. Y para cuando Hasekura regresó a Japón, en agosto de 1620, el país había cambiado radicalmente de postura respecto al comercio con Occidente y a la presencia del catolicismo en territorio japonés.

Un regreso sin recompensa

Hasekura volvió a Japón como un hombre que había recorrido el mundo pero que no traía consigo el resultado que su señor esperaba. El shogunato Tokugawa había comenzado a perseguir a los cristianos. La Embajada Keichō, que había costado años y recursos, quedó sin fruto político ni comercial.

Dos años después de su regreso, en 1622, Hasekura Tsunenaga murió. No se sabe con exactitud en qué circunstancias. Lo que se sabe es que el hombre que había navegado el Pacífico, atravesado México, pasado por La Habana, cruzado el Atlántico, visitado Madrid y sido recibido por el Papa, murió en silencio en el Japón que se estaba cerrando al mundo.

La estatua cubana que recuerda el paso del samurai Hasekura Tsunenaga

La historia de Hasekura y Cuba durmió durante siglos en los archivos. No fue hasta abril de 2001 cuando se instaló en La Habana una estatua de bronce en honor al samurái japonés, emplazada en la Avenida del Puerto. La obra es del escultor japonés Tsuchiya Mizuho. Es un reconocimiento a ese cruce improbable entre dos culturas que nunca deberían haberse encontrado en aquel verano de 1614, pero que lo hicieron.

La estatua mira al mar. Al mismo mar que Hasekura cruzó cuatro veces en siete años. Al mismo Atlántico por el que los galeones españoles transportaban el peso del mundo colonial mientras un guerrero japonés esperaba en un puerto caribeño la oportunidad de seguir avanzando hacia Europa.

Por qué esta historia importa

La Embajada Keichō es considerada hoy un hito en la historia de las relaciones entre Japón y el mundo ibérico. Los documentos que la atestiguan están conservados en el Archivo General de Indias, en Sevilla, donde han sido estudiados durante siglos.

Para Cuba, la historia tiene una dimensión particular. La Habana de 1614 era una escala en el camino de todos los que navegaban entre América y Europa. Pero en ese verano específico, esa escala fue también el primer contacto documentado entre un japonés y suelo cubano. Un contacto que no estaba planeado, que duró quince días y que, sin embargo, dejó una estatua frente al puerto cuatrocientos años después.

La historia de Hasekura Tsunenaga es también la historia de un mundo que empezaba a conectarse, lentamente, entre guerras y galeones, entre misiones diplomáticas y travesías oceánicas que convertían cualquier escala en tierra firme en algo parecido a un milagro.

Preguntas frecuentes

¿Quién fue Hasekura Tsunenaga?

Fue un samurái japonés nacido en 1571 que lideró la Embajada Keichō, una misión diplomática enviada por el daimyo Date Masamune con el objetivo de establecer relaciones comerciales con España y obtener una audiencia con el Papa en Roma. Murió en 1622 tras regresar a un Japón que había cambiado radicalmente durante su ausencia.

¿Cuándo llegó Hasekura Tsunenaga a La Habana?

La expedición llegó al puerto de La Habana el 23 de julio de 1614 y permaneció en la ciudad hasta el 7 de agosto, esperando los galeones con los que completaría la travesía atlántica hacia España.

¿Por qué es importante su paso por Cuba?

Hasekura Tsunenaga es el primer japonés del que existe registro histórico en pisar suelo cubano. Su paso forma parte de un viaje diplomático extraordinario que lo llevó desde Japón hasta Roma cruzando el Pacífico, México, el Caribe y el Atlántico entre 1613 y 1620.

¿Dónde está la estatua de Hasekura en La Habana?

La estatua de bronce del samurái japonés está emplazada en la Avenida del Puerto de La Habana. Fue instalada en abril de 2001 como reflejo de las relaciones entre Cuba y Japón. La obra es del escultor japonés Tsuchiya Mizuho.

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