Conoce quién fue Dolores Rondón, la cubana que se volvió leyenda
Hay tumbas que la gente visita por el nombre de quien está enterrado. Y hay tumbas que la gente visita por lo que está escrito encima. La de Dolores Rondón, en el Cementerio del Santo Cristo del Buen Viaje de Camagüey, es de las segundas. Más de un siglo después de su muerte, sigue recibiendo visitantes que van únicamente a leer once versos.
Esos versos cuentan, en pocas líneas, una vida marcada por la ambición, la pérdida y un giro final que nadie hubiera imaginado.
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Una vida marcada desde el nacimiento
La leyenda ubica el nacimiento de Dolores hacia 1812, en lo que entonces era Puerto Príncipe y hoy conocemos como Camagüey. Su madre era una mulata criolla. Su padre, un comerciante catalán con dinero y posición social, que mantenía a su familia oficial en una zona próspera de la ciudad mientras sostenía económicamente a esta hija que nunca llevaría su apellido.
Esa fue la primera contradicción de la vida de Dolores: crecer cerca del dinero, sin tener acceso real a él. Lo que sí tenía, según cuenta la tradición oral, era una belleza notable. Y esa belleza terminaría definiendo cada decisión importante de su vida.
El precio de esperar algo mejor
Cuando llegó el momento de pensar en matrimonio, Dolores tenía pretendientes. Pero los rechazó, uno tras otro. Ninguno le ofrecía lo que ella quería: una vida con poder, con opulencia, con el reconocimiento social que su origen ilegítimo nunca le había dado.
Uno de esos hombres rechazados fue Agustín de Moya. No era rico. Era poeta y barbero, un hombre de tertulias literarias más que de fortunas. La amaba, pero eso no fue suficiente para Dolores.
Finalmente, ella encontró lo que buscaba: se casó con un militar español. La pareja se instaló en una vivienda cerca de la Plaza de San Francisco, a pocos pasos de la casa de su padre catalán. Para una mujer que había crecido sin apellido, ese matrimonio era la prueba de que había llegado a donde quería llegar.
El silencio que siguió
Después de la boda, la vida de Dolores se desvanece de los registros. Su esposo fue trasladado a una misión fuera de Camagüey, y la pareja simplemente dejó de aparecer en el círculo social de la ciudad. Durante años, nadie supo qué había pasado con ella.
Mientras tanto, Camagüey atravesaba una de las épocas más duras del siglo XIX: epidemias que golpeaban especialmente a los sectores más pobres. Agustín de Moya, el poeta que ella había dejado atrás, se había convertido en enfermero voluntario. Atendía, sin cobrar, a las mujeres más pobres en el hospital de la iglesia del Carmen.
Fue ahí, entre pacientes en estado crítico, donde una noche reconoció un rostro que no esperaba volver a ver.
Reencuentro y final
Era Dolores. La mujer que había rechazado su amor por una vida de opulencia estaba frente a él, irreconocible. La enfermedad, la pobreza y los años habían borrado casi por completo a la mujer que tantos hombres habían deseado. De Moya intentó ayudarla, pero ya era tarde.
Dolores Rondón murió de viruela en 1863. Murió pobre, en un hospital de caridad, exactamente en las condiciones que toda su vida había intentado evitar.
Lo que pasó después es lo que convirtió esta historia en leyenda.
Un epitafio que cambió todo
Agustín de Moya, el hombre al que ella había rechazado, fue quien escribió las palabras que la harían inmortal. No escribió un poema de amor ni un reclamo. Escribió una décima. Diez versos cargados de reflexión moral, que resumen la vida de Dolores y, de paso, una enseñanza universal.
El texto dice: “Aquí Dolores Rondón finalizó su carrera. Ven mortal y considera las grandezas cuáles son. El orgullo y presunción, la opulencia y el poder, todo llega a fenecer, pues solo se inmortaliza el mal que se economiza y el bien que se puede hacer”.
Es, en esencia, la respuesta que la vida le dio a las decisiones de Dolores. Y la respuesta llegó de la persona que ella menos esperaba.
De una tabla de madera a una placa de mármol
El epitafio que hoy se lee en mármol no empezó así. Su primera versión, dos décadas después de la muerte de Dolores, fue escrita con letras negras sobre una simple tabla de cedro, colocada sobre una fosa común. Nada que sugiriera que esas palabras durarían más de cien años.
Eso cambió en los años treinta del siglo pasado. Un alcalde de Camagüey, Pedro García Agrenot, decidió que ese epitafio merecía algo más permanente. Mandó a grabarlo en mármol y a reubicarlo en la zona norte del cementerio, considerada la sección más distinguida del lugar.
Hay algo casi irónico en ese gesto. La mujer que en vida nunca alcanzó el estatus que buscaba, terminó descansando, después de muerta, en la parte más prestigiosa del cementerio. No por su fortuna ni por su matrimonio. Por once versos escritos por el hombre que rechazó.
Sobre la autoría del epitafio, distintas fuentes citan al investigador Abel Marrero Companioni como quien confirmó que Agustín de Moya fue, efectivamente, quien lo escribió.
Una leyenda que no se quedó en el cementerio
La historia de Dolores trascendió las paredes del camposanto. Hoy tiene un espacio propio en el Parque de las Leyendas de Camagüey, en la calle República, donde el artista Joel Jover le dio forma escultórica.
Más de 160 años después de su muerte, Dolores sigue siendo parte del paisaje de la ciudad que la vio nacer y morir. No por la vida que soñó tener, sino por la que realmente tuvo, y por las palabras que alguien escribió para que esa vida no se olvidara.
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